Vergüenza siria

Yo era una niña cuando España se incorporó a la entonces llamada Comunidad Económica Europea. En aquellos tiempos, Europa evocaba valores como comportamiento cívico, paz, derechos sociales… el archiconocido lema francés: “liberté, égalité, fraternité”.

Treinta años después, esa imagen se desmorona. Se ha aprobado una Constitución Europea de tapadillo, ante el voto negativo de los ciudadanos de varios países (que no de sus gobiernos), que veían no ya un lógico recorte en soberanía nacional, si no en los derechos adquiridos tras años de lucha.

Se impuso un Primer Ministro para Italia, Mario Monti, sin ser elegido por los ciudadanos, que, increíblemente, no protestaron.

Hemos visto con qué prisa e intensidad se reunió “la Troika” para asegurarse de que Grecia no se desviaría de la senda trazada, y cómo no tenemos muy claro quién o quienes mandan en Europa. Todos conocemos a Angela Merkel pero no tantos conocemos al Presidente de la Comisión o del Consejo Europeo ni cuáles son sus funciones.

Como último capítulo, la crisis Siria, de la que hemos sido cómplices, tiene a Alemania, y con ella, a los demás estados miembros, dando bandazos. En un comienzo, se apelaba a la Europa solidaria y las leyes aprobadas mucho antes de pensar en tener que ponerlas en marcha, para recibir a estas miles de personas. Ahora, con presiones de grupos ciudadanos contrarios a esta acogida, la cobardía ha hecho acto de presencia.

La solución es imaginativa: pagar para que otros países hagan el “trabajo sucio”. Así, intentando sacudirse un problema se crea otro, anteponiendo intereses electorales a la creciente falta de derechos y libertades de la vecina Turquía, que aspira a ser parte de la Unión Europea. Visto lo visto, es posible que lo consiga sin estar obligada a cumplir con los principios que unen a los europeos.

Habrán quedado tranquilos los negociadores, pues han saltado un gran charco. Lo han saltado acercándose a la disolución de la Europa a la que aspirábamos.

Obviedades: nacionalismos

Hoy los nacionalismos parecen anacrónicos. En la era de la globalización, en que los habitantes de los países ricos han viajado más que nunca, conocen la existencia de muchas otras culturas y creencias, en la época en que podemos hablar a diario con personas que viven en las antípodas sin arruinarnos por ello, y tenemos acceso a los periódicos de los países más influyentes, en estos días en los que conocemos la diversidad y por tanto podemos elegir “lo mejor de cada casa” para moldearnos nosotros mismos, ¿qué sentido tienen los nacionalismos? Si, cada vez nos parecemos más, cada vez nos diferenciamos más.

Confesaré que más allá del deporte, nunca me he sentido española, no caso en el estereotipo español, es más, tampoco me gusta. Soy española porque nací en el lugar geográfico y político (¿recordáis los mapas?) que así se llama, es un hecho, y cambiar el nombre de ese lugar no ayuda a mejorar la vida de los habitantes de ese lugar, esto, es una obviedad, sí, pero parece que ya, hasta las obviedades, hay que gritarlas, con la pequeña esperanza de que alguien escuche.